Jueves, 26 de Mayo 2022

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Suplementos | Primer domingo de Adviento

Adviento: tiempo para cultivar y estar juntos

Un misterio que envuelve por entero la historia, pero que conoce dos momentos culminantes: la primera y la segunda venida de Cristo.

Por: Dinámica pastoral UNIVA

La Virgen María encarna perfectamente el espíritu de Adviento, hecho de escucha de Dios, de deseo profundo de hacer su voluntad, de alegre servicio al prójimo. WIKIMEDIA/«El Arcángel Gabriel anuncia a María que concebirá y dará luz al Hijo del Altísimo», deL Maestro de Flémalle.

La Virgen María encarna perfectamente el espíritu de Adviento, hecho de escucha de Dios, de deseo profundo de hacer su voluntad, de alegre servicio al prójimo. WIKIMEDIA/«El Arcángel Gabriel anuncia a María que concebirá y dará luz al Hijo del Altísimo», deL Maestro de Flémalle.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA:

Jr 33, 14-16.

«Se acercan los días, dice el Señor, en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.

En aquellos días y en aquella hora, yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra. Entonces Judá estará a salvo, Jerusalén estará segura y la llamarán “el Señor es nuestra justicia”».

SEGUNDA LECTURA

1Tes 3, 12-4, 2.

«Hermanos: Que el Señor los llene y los haga rebosar de un amor mutuo y hacia todos los demás, como el que yo les tengo a ustedes, para que él conserve sus corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús, en compañía de todos sus santos.

Por lo demás, hermanos, les rogamos y los exhortamos en el nombre del Señor Jesús a que vivan como conviene, para agradar a Dios, según aprendieron de nosotros, a fin de que sigan ustedes progresando. Ya conocen, en efecto, las instrucciones que les hemos dado de parte del Señor Jesús».

EVANGELIO

Lc 21, 25-28. 34-36.

«En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad.

Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación. Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.

Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre».

“Adviento: tiempo para cultivar y estar juntos”

Este domingo iniciamos, por gracia de Dios, un nuevo Año litúrgico, que se inaugura con el Adviento, tiempo de especial preparación para el nacimiento del Señor. La palabra «adviento» significa «llegada» o «presencia». En el mundo antiguo indicaba la visita del rey o del emperador a una de sus provincias. En el lenguaje cristiano se refiere a la venida de Dios, a su presencia en el mundo. Un misterio que envuelve por entero la historia, pero que conoce dos momentos culminantes: la primera y la segunda venida de Cristo. La primera es precisamente la Encarnación. La segunda es su retorno glorioso al final de los tiempos. Estos dos momentos cronológicamente distantes, si los miramos en profundidad, nos damos cuenta de que, en realidad, se relacionan íntimamente, porque con su muerte y su resurrección Jesús ya ha realizado esa transformación radical del hombre y del cosmos (con el universo), que es la meta final de la creación.

Nosotros ahora podemos decantar esta realidad sobrenatural y estamos invitados junto a ello a tres cosas:

Primero. Cultivar y mantener la esperanza cristiana. En Adviento, la liturgia y la espiritualidad de la Iglesia con frecuencia nos repite y nos asegura, como para vencer nuestra natural desconfianza, que Dios viene, que ya se acerca. Viene a estar con nosotros en todas nuestras situaciones y circunstancias. Y es aquí donde descubrimos que el mundo contemporáneo necesita, sobre todo, esperanza. Y que tú y yo estamos invitados a propiciar esta esperanza contagiando a otros y haciendo atractivo este esperar a Dios en medio de nuestro vivir.

Segundo. Estar juntos. Nos encontramos en una misma barca y debemos salvarnos todos juntos. Nos damos cuenta de que necesitamos una esperanza fiable, y ésta sólo se encuentra en Cristo, «el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8). El Señor Jesús vino en el pasado, viene en el presente y vendrá en el futuro. Quien anhela la libertad, la justicia y la paz, puede cobrar ánimo y levantar la cabeza, «porque se acerca la hora de su liberación» (Lc 21, 28). En otras palabras, nada de lo que hemos hecho o testimoniado bueno queda en saco roto. Todo es apreciable a los ojos de Dios y más porque sabemos que nadie está solo en este propósito, tú y yo, aunque por distintos modos, tenemos la seguridad y el anhelo de encontrarnos junto a Jesús a final de nuestro camino.

Tercero. La presencia indudable de Dios. La venida del Señor continúa, ya que el mundo debe ser penetrado por su presencia. Y esta venida permanente del Señor requiere continuamente nuestra activa colaboración. Para vivir de modo más auténtico y fructuoso este período de gracia, la liturgia nos exhorta también a mirar a María santísima y a caminar espiritualmente muy junto a ella, hacia la cueva de Belén. La Virgen María encarna perfectamente el espíritu de Adviento, hecho de escucha de Dios, de deseo profundo de hacer su voluntad, de alegre servicio al prójimo.

Que el Señor, nuestro Padre, nos afiance en su amor y conserve nuestros corazones santos e irreprochables, «hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús, en compañía de todos sus santos» (1 Ts 3,13). Y que sea nuestra motivación primera el Jesús niño que viene a encarnarse, el que mueva todos nuestros propósitos.

Fortaleza de Dios

Es el significado del nombre “Gabriel”, el mensajero que se presentó en la aldea de Nazaret buscando a una joven llamada María. La escena invita a nuestra imaginación a llenar el momento: ¿cómo sería aquella casa? ¿En qué momento del día se daría la visita? Pero llama la atención el cuidado de Lucas en darnos el nombre del mensajero como clave de interpretación: es la fortaleza que Dios va construyendo en el corazón de María.

Cuando Gabriel habla a María, el saludo la turba. ¿Cómo no sentirse desconcertada ante tanta reverencia cuando “de Nazaret no ha salido nada bueno”, como dirá Natanael al escuchar de Jesús? Cuando la regla es el desprecio por su gente, María no puede menos que sentir extraño ese “llena de gracia” y ser reconocida capaz de dar al mundo esa vida nueva, gracia que viene de Dios. Ahí está el primer llamado a la fortaleza: ir más allá del desprecio, para descubrirse fuente abundante de vida y alegría para este mundo. Luego, vendrá la propuesta: un niño de sus entrañas para recrear la vida y recordarle a su pueblo la fidelidad de su Dios siempre salvador. Gabriel invita a María a descubrirse capaz de llevar adelante con su propia voluntad y determinación este proyecto, cuando en aquel tiempo solo valían la voluntad y determinación del varón, padre, esposo, hijo, a quien perteneciera María. Gabriel transmite esa fortaleza con el testimonio de otra mujer, Isabel, que mientras Zacarías vive el embarazo en incrédulo silencio, siente crecer el niño que creía se le había negado para siempre. “Nada es imposible para Dios”. La fortaleza se manifiesta plena: responder a Dios con su propia palabra y con su propia voz. No es la sumisión de quien baja los ojos en silencio, sino la voz de quien activamente se entrega a vivir el proyecto que se le propone. “He aquí”, responde María como todos los profetas antiguos, “la sierva del Señor. Que se cumpla en mí lo que has dicho”. He ahí a María, la mujer que recibió en su casa la fortaleza de Dios.  

Pedro Reyes, SJ - ITESO

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