Lunes, 17 de Enero 2022

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Rábanos de postre

Por: Jaime García Elías

Rábanos de postre

Rábanos de postre

Dar el cerrojazo a la Tercera Temporada 2021 de la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ) con partituras de Villa-Lobos y Messiaen, equivale -valga la analogía- a ofrecer rábanos como postre de un banquete. A alguien le podrá agradar, pero va contra las reglas.

La octava y última velada, la noche del jueves en el Teatro Degollado, a cargo de un quinteto y un cuarteto, atrajo bastante concurrencia, como las precedentes.

Comenzaron las extravagancias con el “Quinteto Instrumental” (para flauta, violín, viola, violoncello y arpa) de Heitor Villa-Lobos. De entrada, la sonorización dispuesta en la sala resultó excesiva y molesta. El sonido parecía salir más de las bocinas instaladas en el escenario que de los instrumentos.

Según sus críticos, la música de Villa-Lobos refleja “la tensión -sic- entre la tradición académica de la música europea, las raíces afro-indígenas y la música callejera brasileña”. Es una música pródiga en matices, que si no desagrada, tampoco cautiva al público local (algo muy diferente a lo que sucede en Brasil, donde recientemente la Sinfónica de Sao Paulo, dirigida por Marin Alsop, ofreció un concierto con obras de ese autor), poco familiarizado con ella. Hubo palmas tibias.

Inspirado en un texto del Apocalipsis, del Nuevo Testamento; escrito en Polonia, en un campo de concentración, durante la II Guerra Mundial, y estrenado en 1941 ante unos 400 prisioneros y oficiales alemanes -muchos de los cuales escuchaban por primera vez ese tipo de música-, el “Cuarteto para el Fin de los Tiempos” (para clarinete, violín, violoncello y piano) está considerada como la obra maestra de música de cámara de Olivier Messiaen.

Las influencias de Stravinsky y Debussy, los ritmos griego e hindú y la música japonesa en la obra de Messiaen, se manifiestan en sus múltiples disonancias, divorciadas de las convenciones clásicas y románticas sobre desarrollo musical y resolución armónica. Otras particularidades suyas son su religiosidad -era profundamente católico y aspiraba a “cantar la gloria de Dios” en todas sus obras- y su amor por el canto de los pájaros. Sostenía que la música “debe ser interesante, hermosa a la escucha -el solo de clarinete del tercer movimiento (“Abismo de Pájaros”) del Cuarteto, por ejemplo- y llegar al oyente”... pero también que “puedo permitirme las excentricidades más grandes”. Su obra, por tanto, es difícil de tocar para los músicos... y difícil de digerir para la mayoría de los oyentes.

La repetición, como de costumbre, será este domingo, en la misma sala, a las 12:30 horas.

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